Mayor Mamdani's Speech on 250 Years of U.S. in NYC

New York City

Alcalde Zohran Kwame Mamdani: Buenos días, compatriotas.

Temporada tras temporada, año tras año, las mareas han entrado y salido del puerto de Nueva York. Mucho antes de que se pronunciara el nombre de Nueva York, las canoas del pueblo lenape ya cruzaban estas corrientes. Sobre estas aguas se asomaron en el horizonte los mástiles altos de los barcos, al mando de exploradores como Verrazzano y Hudson, quienes hoy dan nombre a nuestros puentes y ríos. Y desde entonces, barcos repletos de viajeros, cansados de largas travesías, han cruzado los Narrows con los vientos del Atlántico a sus espaldas.

Cuando esos pasajeros alzaban la mirada para vislumbrar lo que había más allá de las olas, ¿qué veían? Veían tierra, verde y llena de vida. Veían hombres esperando en los muelles para llevarlos a la esclavitud. Veían inquilinatos hundidos en la miseria. Veían la industria en plena actividad, el vapor y el humo elevándose, una ciudad en movimiento. Veían un monumento imponente a la libertad, con su antorcha encendida dando la bienvenida al mundo entero.

Veían la ciudad de Nueva York. Veían a Estados Unidos.

Mañana, nuestra nación cumple 250 años desde que declaramos nuestra independencia. 250 años de un gran experimento de autogobierno. Un experimento tan audaz que, en 1776, algunos dudaban de que duraría más de unos pocos años, mucho menos un cuarto de milenio.

De Lexington a Los Ángeles, de Selma a Seneca Falls, de Morrisania a Midwood, los estadounidenses nos reunimos por un día, como lo hacemos cada año. Las familias se juntarán alrededor de la parrilla. Los fuegos artificiales llenarán el cielo nocturno.

Este no será un día de celebración cualquiera. 250 años son una oportunidad poco común para que más de 340 millones de personas darnos la mirada, unos hacia otros y hacia nosotros mismos, para medir quiénes somos como nación. Cuando miramos a Estados Unidos, ¿qué vemos?

Aquí en la Alcaldía, sentado detrás del escritorio de George Washington, junto a nuevos estadounidenses que llegaron a este país, no puedo ver todo Estados Unidos. Pero, como tantos que llegaron antes que yo, sí puedo ver la ciudad de Nueva York.

La ciudad que veo hoy es muy distinta a la que recibió a George Washington. En julio de 1776, nuestra ciudad hervía bajo el yugo de la opresión. Los británicos habían impuesto un dominio colonial tan represivo que, hace 250 años, a 80 millas al sur, un pequeño grupo de redactores de periódicos, agricultores y soldados firmaron con su nombre un documento que declaraba verdades que hoy nos parecen evidentes pero que entonces eran revolucionarias, y que fijaron los ideales que nuestra nación todavía se esfuerza por cumplir.

Los británicos no lo tomaron bien. Estalló la guerra. Y ese agosto, mientras la batalla más grande de la Guerra de Independencia se libraba en Brooklyn, las artillería de Governor's Island apuntaban a los barcos británicos anclados frente a la costa.

Nos superaban en armas y en número. Y en lo que hoy es Park Slope, nos derrotaron por completo. Después de apenas unos meses, parecía que nuestro incipiente intento de democracia estaba al borde del colapso.

Pero esa noche, con la luna llena en lo alto, miles de hombres subieron en silencio a transbordadores y botes de fondo plano y escaparon a Manhattan. El Ejército Continental sobrevivió para pelear otro día. La independencia se pudo haber declarado en Filadelfia, pero se rescató en la ciudad de Nueva York.

George Washington fue el último en salir de Brooklyn. Mientras esperaba a la orilla del río, con el sol apenas saliendo, seguramente miró las aguas de Nueva York y vio lo que tantos han visto en los 250 años que siguieron: la oportunidad de empezar de nuevo.

Esas oportunidades, como todo en Nueva York, no se regalan. Se ganan.

En 1838, once años después de que Nueva York aboliera la esclavitud, un hombre negro recién emancipado llamado James Weeks buscó empezar de nuevo también, y ayudar a que cientos de personas hicieran lo mismo. Compró terrenos en Brooklyn, ganó por sí mismo el derecho al voto y vendió lotes a otras personas recién liberadas. Cuando llegaron al puerto de Nueva York, sabían que algo los esperaba, algo que nunca habían tenido antes: un hogar. Weeksville sigue en pie hoy, un testimonio vivo de lo que sabemos de los Estados Unidos: un lugar que cada uno de nosotros tiene el poder de construir.

El puerto estuvo muy activo aquellos años, con barcos llegando de todo el mundo. Cientos de miles de inmigrantes irlandeses llegaron con el estómago vacío por una hambruna provocada por la crueldad imperial. Marineros chinos se asentaron cerca de lo que hoy es el barrio chino de Manhattan. Millones más pasaron bajo la Estatua de la Libertad y por Ellis Island: judíos que huían de los pogromos, italianos que escapaban de la pobreza, sirios que buscaban oportunidades económicas.

Cada uno de estos recién llegados miraba por las portillas de los barcos hacia una ciudad que cambiaba tan rápido como el país. Veían a los comerciantes vendiendo su mercancía en los muelles, las calles trazándose en cuadrícula, los edificios elevándose hasta las nubes. Todavía no podían ver el rechazo que enfrentarían: los empleos que les negarían, los propietarios que no les arrendarían, las condiciones miserables de trabajo y de vida que soportarían. Pero por más humo que cubriera el puerto, seguían viendo una oportunidad de empezar de nuevo.

En los años que siguieron, a pesar de las leyes que el gobierno federal aprobó para impedirles la entrada, a pesar de los incendios en talleres clandestinos que mataron a cientos de mujeres, a pesar de los disturbios dirigidos contra su propia existencia, los inmigrantes hicieron su hogar aquí en Nueva York, y ayudaron a construir Nueva York.

Ese legado de cada generación de estadounidenses que insistió en que el derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad también les pertenecía, no es una reliquia del pasado. Ese legado llevó al norte a millones de estadounidenses negros durante la Gran Migración, atrajo a cientos de miles de puertorriqueños a Nueva York después de la Segunda Guerra Mundial, e invitó a incontables personas más desde las Antillas, el sur de Asia, África occidental y el resto del mundo. Y es lo que trajo a mi familia a esta ciudad cuando yo tenía siete años.

Mi familia no llegó en barco, aunque vimos la Estatua de la Libertad desde la ventanilla del avión. Incluso desde el aire, alcanzábamos a distinguir la promesa de este país: la promesa del trabajo hermoso y patriótico de hacer a Estados Unidos, año tras año, un poco más fiel a los ideales que lo fundaron.

Hay un término que se usa muchísimo para describir a nuestra nación y a quienes la han formado: el excepcionalismo estadounidense. El excepcionalismo estadounidense, según la sabiduría convencional, hace que nuestra libertad sea un poco más libre, es la razón por la que cavamos el Canal Erie e irrigamos el Oeste, y es por lo que niños en tierras lejanas crecen soñando con mudarse algún día aquí.

Y sin embargo, la ironía es que la historia de este país la han escrito, una y otra vez, precisamente quienes fueron tildados por otros, gente con poder, con influencia y con riqueza, de ser todo menos excepcionales.

Generación tras generación, nos han dicho que, cuando el mundo ha enviado a su gente a nuestras costas, no ha enviado a los mejores. Envió a puritanos y sijs y cuáqueros y musulmanes y judíos, desterrados por rezar de la forma equivocada, por adorar a los dioses equivocados, por hacer enojar a la gente equivocada. Envió a campesinos y siervos de shtetls y barrios pobres, tratados como inferiores porque apenas tenían ropa, mucho menos tierras. Envió a inmigrantes para quienes el poder era algo que siempre tenía otro.

Nos dicen que Estados Unidos es excepcional porque somos más ricos, más fuertes, más poderosos que todos los demás. No estoy de acuerdo.

Estados Unidos es excepcional porque aquí nada está fijado para siempre. La frontera podrá estar cerrada, habremos caminado en la luna, pero el trabajo de cumplir los valores que se plasmaron por primera vez en la Declaración de Independencia, ese trabajo sigue en pie, amigos míos, y nos pertenece a todos.

Les pertenece también a nuestros estadounidenses más nuevos, los que están hoy aquí conmigo, todos ellos naturalizados hace poco. Hace casi una década, yo también sentí lo que ustedes sienten: la alegría de dejar de ser solo neoyorquino para ser también estadounidense.

Cada uno de ustedes tiene un poder especial. El poder de decidir qué significa Estados Unidos.

Los poderosos siempre han tenido clara su respuesta. Para ellos, Estados Unidos es un terreno de supremacía, donde solo unos pocos elegidos tienen derecho a la libertad, donde no todos somos creados iguales. Este país, si les preguntan, se hace más pequeño mientras más gente recibe, mientras más extraños invitamos a entrar. Estados Unidos, dirán, les pertenece solo a quienes tienen el acento correcto o el tono de piel correcto. Los demás, insisten, deberíamos estar agradecidos con que nos dejen apenas visitar.

Qué pequeños son, qué débiles, qué poco originales. En cada momento de nuestra historia, quienes gobernaron a través de la exclusión y el aislamiento intentaron ganar poder y enriquecerse poniéndonos unos contra otros. La división es el truco más viejo de la política, y el más barato. Pero una y otra vez, incluso hace 250 años, esas fuerzas de la división han sido derrotadas por las fuerzas del progreso. Como escribió alguna vez Thomas Paine: este nuevo mundo ha sido el asilo para los perseguidos amantes de la libertad civil y religiosa; hacia aquí han huido.

Y sin embargo, hoy demasiados de nuestros líderes no creen en una nación que sea asilo para los perseguidos, sino en una que persigue a quienes buscan asilo.

Al cumplir 250 años, ¿qué vemos?

Vemos una ciudad de contradicciones dentro de una nación de contradicciones. Vemos la nación más rica en la historia del mundo, una donde hay niños que se van a dormir con hambre mientras el primer billonario del mundo tiene hambre de más. Vemos monopolios que dominan cada industria y oligarcas que compran elecciones. Vemos agentes enmascarados aterrorizando nuestras calles, comiendo la comida que preparan nuestros vecinos indocumentados antes de llevárselos en camionetas sin identificación. Vemos una nación cuya inmensa riqueza fue construida por manos callosas y manchadas de tierra, manos que se desgastan en las fábricas y que tallan la piedra, y vemos una nación que ha permitido que gran parte de esa riqueza quede en las manos suaves de unos cuantos privilegiados.

Sí, veo a Estados Unidos en una industria de seguros médicos que explota a los enfermos, pero no es lo único que veo cuando busco a mi país. Veo también a la enfermera que trabaja un turno doble y que, de camino a casa, se detiene a ver cómo sigue un vecino enfermo.

Sí, veo a Estados Unidos en los propietarios corporativos para quienes la negligencia es un modelo de negocio. Lo veo también en el padre que acuesta a sus hijos bajo un techo manchado por las goteras, que se levanta antes del amanecer para ir a trabajar y que aún cree que este país puede darles algo mejor.

Sí, veo a Estados Unidos cuando gastamos el dinero de nuestros impuestos en bombas y rescates financieros, cuando vendemos nuestras elecciones al mejor postor. Pero lo veo con la misma claridad en cada estadounidense que todavía cree que este país nos pertenece a nosotros, el pueblo.

Vemos a Estados Unidos cada vez que los vecinos se toman del brazo con otros vecinos, sin preguntar cuánto tiempo llevan aquí ni qué papeles tienen, mientras ICE invade nuestros barrios.

Vemos a Estados Unidos cada vez que jóvenes y viejos hacen fila bajo la lluvia intensa o el calor sofocante para emitir su voto.

Vemos a Estados Unidos cada vez que la gente trabajadora exige más, no solo para sí misma, sino para sus compatriotas.

Hay quienes responden a los que piden más de este país con una frase sencilla: ámalo o déjalo, dicen. Pero el patriotismo nunca ha consistido en fingir que nuestra nación no tiene defectos. El patriotismo es cada acto de disidencia justa, es cada marcha bajo el sol pesado, es cada protesta que se levantó una década antes de tiempo. Es precisamente porque amamos esta nación que no la vamos a dejar. Después de todo, ¿quién ama más a este país que quienes han sacrificado tanto para hacerlo libre?

Hoy no pienso solo en el Cuatro de Julio. Pienso también en el Nueve de Julio. Cinco días después de que se firmara la Declaración de Independencia, esta llegó aquí, a la ciudad de Nueva York. Los casacas rojas habían desembarcado en Staten Island. Más de cien barcos británicos merodeaban frente a la costa.

Por toda la ciudad, el Ejército Continental se preparaba para una invasión. George Washington ordenó a sus brigadas reunirse a solo unos pasos de este edificio. Entonces se conocía como el Commons. Hoy lo llamamos City Hall Park.

Allí, al alcance de los cañones británicos, Washington ordenó a sus generales leer la Declaración en voz alta. Y con el imperio más poderoso del mundo listo para atacar, Washington le dijo a la gente de Nueva York lo que celebraremos mañana: que habíamos declarado nuestra independencia. Que la libertad estaba al alcance.

Esa noche, el peligro acechaba. El conflicto no era una posibilidad sino una certeza. Y sin embargo, cuando aquellos primeros neoyorquinos marcharon hacia la estatua del rey Jorge III que estaba en Bowling Green, una estatua que fundirían para hacer balas para su joven ejército, caminaron al unísono, movidos no por el afán de saqueo, sino por unos ideales que por primera vez tenían un nombre: Estados Unidos.

Esos ideales sobre los que se construyó nuestra nación son lo bastante fuertes para resistir cualquier régimen autoritario, pero solo si los buscamos.

La nuestra es una nación que trabaja cada día hacia la perfección con la que fue concebida. Una nación con defectos que se esfuerza cada día por mejorar. Ahí está el trabajo de Estados Unidos: el esfuerzo, la mejora, la búsqueda de la perfección.

Qué privilegio tenemos cada uno de nosotros, el de vivir en una nación que cada uno de sus habitantes puede moldear. Qué responsabilidad carga cada uno de nosotros, la de mostrarnos dignos de todos los que vinieron antes. Qué poder tiene cada uno de nosotros, el de acercar a Estados Unidos, cada vez más, a la grandeza que tantos han visto al mirar estas costas, la grandeza que, durante 250 años, ha sido Estados Unidos.

Gracias. Que Dios bendiga a Estados Unidos, que Dios bendiga a la ciudad de Nueva York, y feliz Cuatro de Julio.

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