El plástico que contamina los océanos también termina, accidentalmente, en la dieta de los pichones de petrel gigante del sur. Un nuevo estudio realizado por investigadores de la Universidad de California, Davis (UC Davis), y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina muestra que incluso cantidades muy pequeñas de plástico pueden estar asociadas con cambios fisiológicos durante las primeras etapas del desarrollo de los pichones.
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Los petreles gigantes del sur son aves marinas grandes y longevas, que crían un solo pichón y se reproducen lentamente. Se alimentan con frecuencia en la superficie del mar, donde los plásticos tienden a flotar y acumularse. De este modo, los adultos pueden ingerir plástico de manera accidental y luego transferirlo a sus pichones al regurgitarles el alimento. Estas características los hacen particularmente susceptibles a la contaminación plástica y, al mismo tiempo, buenos centinelas para estudiar sus efectos sobre la fauna marina.
El estudio, publicado en la revista Ecotoxicology and Environmental Safety, detectó plástico en más del 71 % de los pichones muestreados. Esto indica que la transferencia accidental de plástico de los adultos a sus crías es muy frecuente.
Para investigar si esa exposición podía dejar una señal en la salud de los pichones, el equipo los evaluó en dos momentos clave de su desarrollo, aproximadamente al mes de vida y nuevamente cerca del momento de abandonar el nido, durante las temporadas reproductivas de 2022 y 2023 en la Patagonia argentina.
"Encontramos que no hace falta que un pichón tenga el estómago lleno de plástico para detectar una señal biológica," señaló Marcela Uhart, autora correspondiente del estudio, veterinaria de fauna silvestre del Karen C. Drayer Wildlife Health Center de la Facultad de Ciencias Veterinaria de UC Davis.

Señales medibles aun con poco plástico
La cantidad de plástico recuperada fue muy pequeña en relación al peso corporal de los pichones. Aun así, la ingesta de plástico se asoció con cambios potencialmente adversos en distintos indicadores de salud, especialmente en los pichones de un mes de edad. Las asociaciones involucraron parámetros relacionados con el estado nutricional y la condición corporal, el metabolismo, la función hepática y muscular y la respuesta inmunitaria.
"Lo que más nos sorprendió no fue solo cuántos pichones tenían plástico, sino que pudimos detectar una señal biológica aun cuando las cantidades eran mínimas," explicó Luciana Gallo, primera autora del trabajo e investigadora del CONICET. "Contar cuántos fragmentos de plástico hay nos revela solo una parte de la historia. Los pichones parecían sanos, pero aun así observamos cambios en indicadores relacionados con la nutrición, el metabolismo y la respuesta inmunitaria."


Entender qué significan estos cambios
Cuando los pichones estaban próximos a abandonar el nido, alrededor de los tres meses de edad, la mayoría de estas asociaciones se había debilitado o ya no era detectable. Aún no sabemos si esto significa que los pichones logran compensar algunos de esos cambios a medida que crecen o si la exposición al plástico y las respuestas fisiológicas reflejan momentos diferentes. Una de las señales que se mantuvo asociada con la ingesta de plástico fue la actividad de la glutatión S-transferasa (GST), una enzima que participa en los procesos de detoxificación y en la defensa de las células frente al estrés oxidativo.
"Desde el punto de vista de la conservación, estos cambios fisiológicos sutiles pueden funcionar como una señal de alerta temprana, antes de que aparezcan signos evidentes de enfermedad, mortalidad o efectos a nivel poblacional", señaló Uhart. "En aves marinas longevas como los petreles gigantes, que se reproducen lentamente y ya enfrentan múltiples presiones en el mar, incluso efectos pequeños sobre el desarrollo, la supervivencia o el reclutamiento de los juveniles podrían tener consecuencias a largo plazo."
Este estudio forma parte de una línea de investigación más amplia del equipo orientada a comprender no solo cuánto plástico ingieren las aves marinas, sino qué consecuencias puede tener esa exposición para su salud, supervivencia y reproducción. El trabajo también se vincula con estudios del grupo sobre la exposición de fauna marina a plastificantes y otros compuestos asociados al plástico.
También participaron en el estudio Flavio Quintana, del Instituto de Biología de Organismos Marinos (IBIOMAR, CCT CENPAT-CONICET), y Andrés M. Attademo, de la Universidad Nacional del Litoral (UNL-CONICET).
La investigación fue financiada por el Acuerdo para la Conservación de Albatros y Petreles (ACAP) y por el Wild Animal Health Fund, un programa de la American Association of Zoo Veterinarians (AAZV).